domingo, 13 de septiembre de 2009

Imagino...

La semana pasada visité la casa-museo de Ana Frank en Amsterdam. La fundación que lleva su nombre rehabilitó la vivienda donde Ana y su familia permanecieron recluidos durante la II Guerra Mundial y en la que escribió gran parte de su memorable diario. El edificio se ha convertido en un símbolo que aglutina a todas las personas que fueron perseguidas y torturadas a lo largo de la historia. En las habitaciones aun pervive el silencio que los martirizaba, las ventanas pintadas de negro otorgan un atmosfera claustrofobica al lugar, hasta la libreria que daba acceso a la vivienda de atrás sigue intacta. Y en mitad de ese escenario sobrecogedor, sintiéndome un perseguido más, hablando en voz baja para que nadie me oyese, pensaba que la dulce Ana tuvo que recurrir a la imaginación para liberarse de la angustia del encierro, arrancarse los grilletes que no la dejaban respirar y sentir que crecía libre más allá de la torre que veía desde la ventana convertida en una escritora de éxito.

La historia de Anna Frank es un ejemplo de cómo las personas podemos ser un poco más libres, pese a que el mundo se nos caiga encima, aunque el presente se desmorone bajo los pies y la desesperanza corra por las venas como un virus suicida. Para ello, el ser humano dispone del poder inagotable de la mente, y en especial, de la imaginación. Igual que hizo esta niña, a nuestra manera, tratamos de moldear la cruda realidad para sentirnos unos privilegiados viviendo en un piso de treinta metros cuadrados, sorteando deudas y dolor como si fuésemos los protagonistas de un maravilloso sueño cumplido. Así, nadie podrá robarnos la experiencia del pensamiento, el mundo paralelo que creamos en los laberintos de la memoria, y sabernos héroes maltrechos pero aún en pie en mitad de tanta pesadumbre, desplegando los sueños para que ninguna tiranía ampute las ganas de vivir.

Al salir de allí no supe dónde dirigirme, había quedado aturdido por la visita. Entonces comenzó a llover. Para mí el agua tiene propiedades curativas, algo así como si al limpiar el horizonte también limpiase un poco mis ojos. Decidí echar andar sin rumbo mientras pensaba en mis cosas, o más bien, soñaba con el héroe que volaba sin alas en mi cabeza. Me sentí extrañamente feliz.

1 comentario:

Bac Hylon dijo...

Me quedé con las ganas de visitarla, y eso que pasé 4 meses en Amsterdam... Pero es que siempre que iba había tantas colas... Y Amsterdam tiene tantos rincones (no, no me refiero sólo al Barrio Rojo, caramba) por visitar...

Saludetes y me alegro de que lo pasarais bien en el viaje.


"Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría no podrá morir nunca" JOSÉ HIERRO